Esperanza I

Mi vista se alzaba por la ventanilla del automóvil con el objetivo último de ser capaz de observar lo que las montañas lograban ocultar. Pronto llegaríamos a nuestro destino, un lugar en el que iríamos a acampar y disfrutar, y que hacían que un fin de semana normal se transformara pronto en uno inolvidable. Después de la primera convocatoria de los exámenes universitarios lo que necesitaba era un poco de paz y tranquilidad, volver a donde todo comienza, la vida, la naturaleza que se alza sobre nuestras cabezas con los pinos canarios más hermosos que jamás hallamos tan siquiera imaginado. Y allí me encontraba yo, escribiendo bajo un árbol una historia de campamento sin ningún sentido, sin pies ni cabeza. 
Y probablemente pensareis que soy una de las niñas que viene a disfrutar del campamento, pero como suele, os equivocáis en exceso. Soy una de las monitoras y me gusta serlo, me da poder y eso es algo que adoro tener, poder de decisión sobre mi vida y todo lo que la rodea, no me hace sentir impotente. Por cierto, antes de continuar mi historia, debo pediros a vosotros, a los pocos que leeréis este sinsentido de palabras perdón, pues veréis aquí me hallo yo sentada bajo un árbol escribiendo algo relativamente corto con historias intercaladas que no tienen  ni pies ni cabeza, creyéndome escritora, como si el fin último de la literatura fuera escribir y si pensáis esto me veo en la obligación de haceros notar que os volvéis a equivocar. Siendo así, proseguiré con mi historia no sin antes puntualizar que quien se aburra o piense que esto es un bodrio de los grandes se encuentra absuelto de seguir leyendo estas majaderías. Sois tan libre de dejarlo como el pájaro que alza el vuelo sin ningún rumbo de destino o como el pirata que navega por el océano buscando la libertad, a su amiga, la mar. 
¿Dónde me había quedado? Ah, si. En mi llegada al campamento.
Cuando llegué a mi destino todo estaba como lo recordaba: un cielo celestial de un azul hermoso y brillante, la naturaleza bañada por los rayos solares resplandecía aportando luz y esplendor. La cúpula que se alzaba sobre nuestras cabezas solo era capaz de hacerme pensar en el paraíso que nuestro captor había creado para nosotros como si de una jaula de oro se tratase, que por muy hermosa que fuera no dejaba de ser una jaula. Las cabañas de madera que hacían que nos transportasen a un lugar acogedor y hogareño del que no querríamos desprendernos jamás. Al oeste se alzaba una tirolina de pequeñas dimensiones que no transmitían demasiada confianza, por lo que quizás no subiría jamás. Después de una primera impresión decidí que lo mejor era explorar los escondites que aquel lugar podría proporcionarme, fue entonces cuando me topé con él, la persona que haría mi estancia un poco más fácil en aquel lugar. Un hombre corpulento se encontraba en frente de mí con una camisa amarilla que se asemejaba más a un ave de corral, al sol o el color de mi cabello. Con una gran sonrisa me miró y me dijo <<Si no sabéis encender el fuego, puedo enseñároslo>>.
Creo necesario hacer otro parón en la historia, si creéis que esta va a ser una historia de amor, deseo, engaños y desengaños, os volvéis a equivocar, como siempre. Nunca he sido de historias cursis a lo Romeo y Julieta, me gusta ver la realidad tal y como es. No busco nada del mundo y espero que este no espere nada de mi pues, me temo que no conseguiría absolutamente nada. Mi terquedad es mi mayor fuerza y espero que así siga siendo siempre. Después de esta breve intromisión prosigamos con la historia. 
Me enseñó como debía encender el fuego para calentar y preparar la comida, una de las necesidades básicas del ser humano más estúpidas que puede existir, aspecto en el que no me detendré en demasía. Y acto seguido se marcharon los dos monitores que habían estado acompañándome y me dejaron sumergirme en mi soledad, que sacaba lo mejor de mi imaginación y comencé a escribir. Y ahora me temo que debo dejar de escribir pues, la guagua de los niños que vienen al campamento acaba de llegar y debo comenzar a trabajar. 
La tarde transcurrió con normalidad hasta que llegó el momento de que el sueño nos abrazara con dulzura. Antes de acostar a los niños decidí que la mejor forma de sumergirlos en sueños profundos y hermosos era leerles la adaptación del cuento de Alicia en el país de las maravillas, adaptada por el propio Lewis Carroll y acto seguido se durmieron. Y aquí me encuentro yo sentada en el salón de mi cabaña escribiendo un cuento sin sentido, sin sentimiento alguno y sin introducción, nudo y mucho menos desenlace, pero ¿acaso no os había yo advertido de que esto no tendría ni pies ni cabeza? pues, es vuestra culpa por ahondar expectativas que desde un principio ya os había dicho que no deberíais tenerlas. Y así terminó mi primer día en el campamento, sin nada más interesante que mis pensamientos y divagaciones. Y ahora debo adentrarme en la madriguera del conejo blanco pues, allí me espera el sombrerero para tomar el té y me temo que ya llego tarde. 

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