Miedo
Miedo, eso es lo que siento, miedo. Pero, ¿a qué le tengo miedo? no lo sé. O quizás si, pero no quiero admitirlo. Quizá solo tema a que se marchiten las rosas o quizás solo tenga miedo de las otras rosas que ocupan mi jardín. Eso es lo que soy, una rosa, una flor débil, delicada e insignificante. Quizás bella para algunos y absurda para otros, pero débil al fin y al cabo. ¿Acaso puede una rosa sentirse más insignificante de lo que se puede sentir en un jardín lleno de rosas? Quizás si la metiésemos en una jaula e imaginamos que es un canario podremos hacerla más invisible o peor aun, más visible. Porque aunque la jaula sea de oro, no por ello deja de ser una jaula que te va consumiendo poco a poco y porque creer que hay un canario no cambia el hecho de que lo que estés observando realmente es una rosa delicada y débil.
¿El miedo es quizás la causa de mi debilidad? Probablemente.
Como la flor que es constantemente cuidada y amada por el jardinero, así de protegida me encuentro, pero en mi soledad, en mi más absoluta y oscura soledad en el que el vacío es insoportable, no puedo dejar de sentir miedo.
Miedo al futuro,
a lo que está por llegar.
Miedo a lo inoportuno,
a lo que cabe esperar.
Miedo al contacto,
miedo al rechazo.
Miedo a que ocurra algo,
algo inesperado.
Miedo, en fin, a la vida,
a la vida que me ha amado tanto.
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