Ella
Allí estaba ella perdida por las calles de Madrid. Pronto comenzó a sentir algo dentro de ella, algo confuso, algo que no había sentido nunca, pensó que quizá sería impotencia, aunque la verdad es que no estaba del todo segura de lo que sentía. Ella nunca había sido una chica tímida, pero en ese momento se sintió como una niña pequeña perdida en el centro comercial y con lágrimas en los ojos.
Entonces por arte de magia o como un milagro de Dios apareció él, que sin tener ningún motivo aparente se sintió atraída hacia esa adolescente transformada en niña, y que como un héroe sacado de un libro de mitología decidió ayudarla hasta el fin de los días. En cuanto la vio, sintió que debía hacerse cargo de ella y protegerla hasta la muerte.
En cuanto la mano de él toco la mano de ella la adolescente volvió a convertirse en lo que era ella. No se explicaba como un chico como él podía haberse acercado a alguien como ella, el caso es que tanto él como ella se sentían a gusto el uno con el otro. Así pues él se ofreció a acompañarla a casa. De camino a su casa, conversaron como si se conocieran de toda la vida, pues de alguna manera el destino sabía que ambos serían la combinación perfecta. Aunque el destino nunca es del todo fiable, pues es, en ocasiones, algo travieso. Algo así como el cupido del destino.
El frío aumentaba a medida que avanzaban por las calles madrileñas y pronto ambos se dieron cuenta de que comenzaba a hacer demasiado frío para la época veraniega en la que estaban adentrándose. Él comenzó a sentir incomodidad debido a las bajas temperaturas, en cambio ella parecía disfrutar del frío, ya que este iluminaba cada vez más su rostro. Por otro lado, sentía que había algo que no estaba bien en la chica que la acompañaba, pero, al mismo tiempo, no podía separarse de su lado, pues cada vez que veía su sonrisa, su corazón se iluminaba llenándose de un amor que no puede ser descrito por las palabras.
"Hay algo que no va bien", "Hay algo que no va bien". No dejaba de repetirse esas palabras, quizá lo hacía con el fin de hacer parar a sus pies, que por alguna extraña razón no lograba hacer que funcionaran a su voluntad. Notaba como iba perdiendo el control de su cuerpo, solo podía pensar, pero de nada servía, ya que su cuerpo no reaccionaba.
Se había encontrado tan inmerso en sus pensamientos que no se había dado cuenta de que había caminado hacía un camino sin salida. Se encontraba ante un hermoso descampado, o al menos a él le parecía hermoso. Entonces volvió la mirada hacia la adolescente que había ayudado hacía unas horas y notó algo diferente en ella, algo tétrico. Su vestido blanco y su pelo color esperanza bailaba al son del viento formando una composición hermosa a la par que misteriosa, en ese instante fue cuando sus ojos se cruzaron y pronto sintió como ella iba llenando todo su corazón dejando fuera todo lo demás. De pronto su familia, amigos, compañeros, su café favorito, todo iba desapareciendo, solo podía pensar en ella y ella solo podía pensar en comer.
"Dilo" le dijo adentrándose en su mente como si lo hubiera hecho toda su vida. "Te quiero" dijo él en en susurros. "Dilo en voz alta" volvió a decir con voz delicada y suave.
Intentaba no hacerlo, intentaba no decir las palabras, ya que sabía que no contenían nada bueno, pero su cuerpo no respondía:
- Te... quiero.
Pronto la sonrisa que había estado esperando ver durante todo el camino apareció, pero era una sonrisa diferente a la que había imaginado. Su mente le decía que debería salir corriendo de allí, pero su cuerpo no respondía. De pronto los labios de ella se juntaron con los suyos, en un frío y doloroso beso y por un momento, por un rápido y doloroso momento pudo ver que sus ojos se habían teñido de negro, sus ojos poseían una oscuridad no comparable a la oscuridad de la noche, no pudo sentir nada más, ya que pronto comenzó a sentir como su vitalidad se iba perdiendo, se empezó a sentir débil, cada vez más y más hasta que ya no le quedó ni un abismo de vida.
Ella, al fin separó sus labios de los de su víctima para contemplarla con placer. Todas sus víctimas acababan viéndose igual después de caer en sus encantos, frías, sin vidas, blancas, pálidas como la muerte. Segundos después comenzó a llover, alzó la vista y notó como su rostro iba adaptándose al líquido que desprendía el cielo, notó como las lágrimas caían desde sus ojos oscuros y no se molestó en limpiárselas, ya que sabía que no podía hacer nada ante el hambre que sentía cada día, se volvía a sentir como una niña sin protección que no podía hacer otra cosa que dejarse llevar por el hambre. Tras pensar en esto, bajó la cabeza y miró de nuevo a su víctima. Después, el súcubo se adentró en la noche, en busca de más personas de las que poder alimentarse, sabiendo que cada vez que se alimentara no solo robaría la vida de otra persona sino que sucumbiría a la oscuridad, condenándose al infierno para el resto de la eternidad.
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