Mi viaje a Covarrubias: Primer día (parte 1)

Puedo afirmar que el viaje había comenzado en la capital española, pues aunque había pasado tres días en la casa de los primos madrileños de mi mejor amiga, sentía que mi viaje comenzaba en ese mismo instante, quizás era porque en una pequeña parte de mi corazón sentía que la confianza con estos primos iba en aumento, pero también podía ser el hecho de la disposición que sentía con respecto a los pueblo procede tes de Burgos, los cuales poseían un encanto que era difícil comunicar con palabras.
En la estación de guaguas de Madrid tuvimos que esperar unos veinte minutos hasta que pudieramos subir, minutos que aprovechamos para comer y, en mi caso, sacar dinero. Nuestra primera sorpresa fue quizá la incorporación de unas pantallas táctiles por las que podías disfrutar de una película, una serie, juegos, música...
Veía como los primos mostraban su entusiasmo, dicho entusiasmo se producía en parte al hecho de que, en principio se había dispuesto que el precio de los billetes no incluía la tecnología que tanto adoraba la gente joven. 
Pero la sorpresa no acabaría ahí, nuestra sorpresa más preocupante se produjo cuando el conductor borde que nos llevaría hasta Lerma nos comunicó que debíamos dejar la guagua y que nos subiríamos en otra (que posiblemente no incluyera la tecnología).
La cara de la prima de mi mejor amiga era todo un poema, pues en aquella personita que poseía un pelo de color amarillo-verdoso albergaba una mezcla de asombro y decepción mezclada, al mismo tiempo con un cierto toque de gracia. Lo cierto era que el asunto me parecía de lo más gracioso y ante las desilusiones, aquella extraña persona era capaz de sacar una sonrisa. Cualidad que siempre quise tener. 
Los cuatro, al igual que el resto de pasajeros, nos manteníamos expectantes ante la situación, ante la incertidumbre que producía el no saber que tipo de guagua sería la indicada para nosotros. Los primos, que poseían una gracia propia de la sangre andaluza, comenzaron a especular acerca de coo sería nuestra horrorosa guagua entre risas y fiestas. Yo, mientras tanto me mantenía distante, observando todo lo que ocurría a mi alrededor. Me gustaba observar, era como si todo en ese momento me perteneciera y verlos así de felices me reconfortaba enormemente. La satisfacción que sentía fue en crecendo cuando vimos aparecer la guagua ¡Una guagua con tecnología!, exactamente la misma guagua que habíamos dejado atrás. Dejamos las maletas y subimos al trasto metálico, repitiendo los mismos sucesos acaecidos anteriormente. 
El viaje duraba aproximadamente unas dos horas, a mi lado veía como Laura, mi mejor amiga, se iba consumiendo en su frustación más absoluta al no poder usar en internetde aquel odioso aparato, y que lo que más deseaba en ese momento era ver el último capítulo de la tercera temporada de "Los misterios de Laura". Encendí el trasto tecnológico y pulse "películas, acción" con el fin de entretenerme en la guagua. Encontré una película a la altura de mis expectativas "El juego de Ender" y comencé a verla. Me gustaba esa película, la forma en la que utilizaban a los niños para sus fines egoístas y estúpidos, eso es algo que me llama especialmente la atención, pues hoy en día todo el mundo utiliza a los demás para sus propios fines. Cuando llegué a la mitad de la película decidí observar de nuevo a mi alrededor, volviendo dd golpe a la realidad. Fue entonces cuando vi que Laura había caído en la más profunda rendición con respecto al internet y por ello se había puesto a ver el capítulo en su móvil. 
Después de terminar de ver la película de hora y media, la cual había reducido a una hora mediante adelantos, decidí dejar de usar ese aparato y me puse a escuchar música en el móvil mientras miraba por la ventana.
Debería admitir que no poder ver el mar en ninguna ocasión del día me producía un sentimiento parecido al enjaulamiento, pero definitivamente sabía que eso merecía la pena.


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