Mi viaje a Covarrubias: Primer día (parte 2)

La música era mi mecanismo de evasión del mundo y con ella podía hacer que mi imaginación alcanzara la máxima altura posible. Mientras escuchaba y observaba lo que el paisaje me mostraba, comencé a notar como mi imaginación se iba apoderando de mi cuerpo y de mi mente. De pronto era una mujer fuerte transformada en pirata como de repente podía ser la mejor jugadora de tiro con arco del mundo. Mi mente era un mapa indescifrable de sueños, aventuras y deseos que quizá nunca llegaría a conseguir. 

Lo que peor llevaba era el choque con la realidad, se trataba de un choque brusco y violento en el que mi mente se veía claramente afectada. 
Cuando volví a la realidad de la guagua, me percaté de que Laura ya había terminado su serie, así que comencé a jugar al solitario en aquel aparato del demonio.
Por alguna razón del destino no conseguía ganar a ese estúpido juego, después de unas cuantas partidas fallidas, empecé a sospechar que quizás siempre me tocaban las mismas cartas y por ello siempre acababa en fracaso, tan pronto como me di cuenta de ello Laura, que había estado pendiente de lo que ocurría, decidió que una pequeña ayuda me vendría bien, así que se ofreció a ayudarme. Fue más tarde cuando nos dimos cuenta de que el juego era interminable debido a que no le dábamos al botón correcto.
Más pronto que tarde, nos dimos cuenta de que ya habíamos llegado a la estación de guaguas de Lerma. Dicha estación estaba caracterizada por su condición desertica tanto de personas como de las propias guaguas que debía poseer una estación. 
Nada más bajar apareció la persona que nos iba a acercar a nuestro destino final, al parecer se trataba de uno de los muchos familiares que componían la familia Gonzalo. Un señor de unos 40 y algo, alto, de complexión delgada y con expresión simpática.
Todos lo saludaron con gran afán y entusiasmo, síntoma de que no se habían visto en mucho tiempo.
Subimos a su coche y nos dirigimos a Covarrubias. 
Cuando llegamos, supe que acabaría enamorándome de aquel lugar, en mi sintonía con el mundo, me imaginé viviendo en aquel pueblo, viviendo en alguna hermosa casita como las que allí se encontraban, me imaginaba dando clase de Lengua en aquella escuela, así como paseando por el pueblo y saludando a todos los vecinos cada vez que los veía por la calle. 
Hacía calor, pero no demasiado, podríamos decir que era la temperatura perfecta para una canaria acostumbrada al tiempo propio de Tenerife. La casa en la que nos hospedaríamos poseía tres pisos, un casa de aspecto humilde, pero llena de sueños y deseos que me proporcionaban la seguridad de que todas mis expectativas podrían hacerse realidad. 
Dos de los tíos de Laura y sus respectivos hijos, se estaban preparando para volver a sus casas, ya que, cuando nosotros llegamos, ellos se volvían. Aquello parecía un verdadero hogar en el que no abundaban las peleas sino el amor. 
Cuando se fueron, nosotros ocupamos nuestras respectivas camas, Laura y yo en el tercer piso y los primos en el segundo, por una razón que desconozco y a la cual no le di importancia, la prima más pequeña acabo durmiendo en el cuarto contiguo al nuestro. 
Después de merendar un trozo de torta, una especie de pan típico de la zona que tenía un sabor parecido al pan y con un regusto a churro lagunero, los primos y Laura decidieron que debían enseñarme el pueblo. 
Me enseñaron el piélago (zona del río por el que te puedes bañar), se trataba de un río de un color verde aceituna por el que de vez en cuando se dejaba ver algún pato que cruzaba de un lado a otro con gran brío,las orillas estaban cubiertas por lo que a primera vista podríamos llegar a confundir con arena, pues no era otra cosa que piedra machacada de un tono blanquecino. Para pasar de una orilla a otra había que pasar saltando unas rocas, así pues de repente te encontrabas en el la orilla del piélago y más tarde te encontrabas en lo que ellos denominaban la isla. El cruzar por las rocas fue de lo más emocionante, y sinceramente, creo que lo hubiera disfrutado más si no hubiera estado pendiente de que no se me mojase el móvil. 
Me enseñaron las iglesias que por allí se encontraban, así como la estatua de Kristina, la pobre mujer del medievo que murió debido a la tristeza de la soledad. 
Notaba como a cada minuto, a cada segundo ese pueblo burgalés iba haciéndose un hueco en mi corazón y poco a poco me costaría alejarme de él.


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