Despedida

Odio las despedidas, nunca me han gustado, me gusta pensar en ellas como en un hasta pronto, supongo que eso hace la vida un poco más amena. 
Después de mi iniciación como superheroína en el parque Warner, nos dedicamos a visitar hermosas zonas de Madrid que no habíamos visitado con anterioridad. Hicimos varios tours turísticos adentrándonos en lo más mágico y oscuro de las calles madrileñas y aunque el calor era en ocasiones insoportable, ya me había acostumbrado al tipo de calor que producía esa ciudad sin mar. Cada día que pasaba en Madrid echaba de menos mi corta estancia en Covarrubias. Sabía que volvería algún día y aunque no supiera cuando, algo dentro de mí hacía que quisiese retornar a ese lugar que había sido tan mágico para mi. 
Entramos en el museo del prado donde pude disfrutar de la elegancia y la perspectiva que me producía el arte barroco de Velázquez, en el que me había fascinado el famosísimo cuadro de las Meninas que tantas veces había visto en los libros de historia. Pero no fue las únicas buenas obras de arte que pude ver, me gustaron muchos otros cuadros que poseían una belleza tal que hacía querer pasar allí el resto de mi vida. Pero no todo funciona como uno quiere, de hecho nada funciona de acuerdo con nuestros deseos y ideales. Cuando llegamos a la casa de los primos de mi mejor amiga, tocaba descansar, pero yo no podía dejar de pensar en otra cosa que no fuera la despedida que surgiría al día siguiente en el que me separaría de mis gran compañeros de aventuras con los que había estado conviviendo en mi estancia fuera de casa. Por alguna razón era la primera vez, en la que no quería irme, no quería dejar mi felicidad, la que me había provocado el estar con ellos durante todo este tiempo. Pero el cansancio, en ocasiones puede más que el pensamiento, así que después de ver una película animada, el sueño ganó la batalla. 
Al día siguiente, nos levantamos con una rapidez tal que me dio tiempo a ultimar los últimos detalles que debía preparar para mi regreso a Tenerife. El trayecto en coche fue silencioso, en el que notaba cierta desilusión al igual que yo sentía en mi interior por mi marcha, lo que aunque no fuese cierto me hacía sentir mejor el hecho de ellos en mayor o menor medida también se entristecieran con mi marcha. La despedida fue de lo más normal, besos y abrazos que duran in instante y que me hubiera gustado que durara meses. En el avión debido a mi cansancio y la dura despedida que había sufrido no pude hacer otra cosa que llorar, a sido quizás el llanto con más sentimiento que he logrado producir  nunca, un llanto que perduraría siempre en mi recuerdo como un dolor insoportable o al menos hasta que nos volviéramos a encontrar como e verdadero grupo que formábamos. 

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