El fantasma diurno
Como un alma en pena yo vagaba por las calles de mi ciudad, en la cual había vivido y crecido durante toda mi vida. Me gustaba caminar bajo los rayos del sol, aunque, en realidad, ese día me sentía como si no fuera merecedora de esa mañana. Sentía como mis pies andaban solos, como si mi mente no tuviera la capacidad de ordenar a donde tenían que dirigirse, sino que, por el contrario sentía como mis pies ordenaban a mi mente su próximo destino. Pronto me di cuenta de que me encontraba ante una inmensa pradera que rebosaba colores pasteles, la hierba verde y el olor de las flores me recordaban algo, aunque no sabía exactamente de qué se trataba. Frente a mí, a lo lejos, el Teide tan precioso como siempre: "es uno de los paisajes volcánicos más hermosos de todo el archipiélago" me habría dicho en otro tiempo. Presa del vacío que había en mi mente, me recuesto sobre la hierba preparada para indagar en mis recuerdos, un olor a rosas frescas penetra en mi nariz y poco a poco, con aspecto tardío comienzo a notar pesados los ojos, me pesan tanto que no puedo evitar cerrarlos, escucho el canto glorioso de los pájaros, una afable brisa recorre mi cuerpo y me sumerjo en un profundo sueño una excursión, un volcán...
Mi mejor amiga me llamaba: "Sara ven y disfruta de las vistas", lo decía con esa voz dulce que era la envidia de todos los terrestres. Muchas veces llegaba a sorprenderme la simpatía de mi mejor amiga y por ello la envidiaba. Sonreía, siempre sonreía, y aunque su novio hacía solo unos días que había roto con ella, aun así, seguía sonriendo. Mi mejor amiga era una chica muy guapa, otra característica envidiable, su cabello castaño brillaba con la luz del sol y sus ojos, negro azabache hacían resaltar sus hermosos labios pintados de rojo carmín.
Aquel día decidimos montar en el teleférico del Parque Nacional del Teide y aunque reconozco que a mí me daba un poco de miedo decidí hacerlo por ella: "la pobre lo debe estar pasando bastante mal", no podía dejar de pensar en eso y por tanto no podía evitar sentir lástima por ella, su amiga Laura amaba al que había sido su novio más de lo que ella podía imaginar. Subimos al teleférico temerosas e ilusionadas y a medida que íbamos subiendo podía notar como el frío se iba apoderando de mi cuerpo, aunque eso no era lo más preocupante, pues notaba que algo había cambiado, el ambiente había cambiado. En el rostro de Laura se avistaba ese cambio que tanto comenzaba a temer, estaba fría y distante como si se encontrara sola en aquel teleférico y sumergida en sus profundos pensamientos. Llegado un momento Laura me miró y dijo: "¿Sabías que Ale ha roto conmigo?". Lo sabía, ella misma me lo había contado, entonces ¿Por qué me lo recordaba? Algo había cambiado, algo que no lograba entender. Una nueva expresión había aparecido en la cara de mi amiga, era una mezcla de frialdad y sed de venganza, aunque aún no se encontraba en pleno auge. Subimos de nuevo al teleférico y el ambiente seguía siendo el mismo. De pronto, una sensación negativa se apoderó de mí, presenciaba que algo estaba a punto de cambiar para siempre. Cuando íbamos por la mitad del trayecto y tras un silencio y una mirada de lo más incómoda me dijo: "me dejó por ti".
La cabeza gacha de la que era mi mejor amiga y mis ojos como platos, unidos a la expresión que relucía en aquel rostro que yo tanto admiraba comenzaba a producirme un sentimiento de miedo en su máxima expresión. Pronto noté como los cristales se iban introduciendo en mi espalda producto del empujón producido por Laura. Sentía como caía lentamente, el dolor que sufría no era físico, pero aun así sentía un dolor insoportable ante el hecho de que mi mejor amiga me hubiera traicionado de aquella manera, solo podía pensar en que mi mejor amiga, mi confidente, mi hermana me había traicionado.
Una lágrima comienza a resbalar por mi rostro procedente de mi ojo derecho. Abro los ojos y limpio la lágrima, recuerdo el suceso ocurrido en el Teide desde hace más de dos meses. Consigo levantarme y el olor a rosas me invade de nuevo, a tres metros de distancia mi amiga llora lo ocurrido en aquel teleférico y yo no puedo hacer más que perdonarla, así pues, me siento a su lado e intento abrazarla, pero mi vaporoso ser me lo impide. Me conformo con sentarme a su lado, esperando volver a desaparecer, aun sabiendo que al día siguiente volveré a repetir la misma rutina, el mismo olvido, el mismo recuerdo, la misma sensación y, por supuesto, el mismo acto de perdón.
Pues un alma sin cuerpo está condenada a permanecer en el mundo terrenal hasta que la venganza sea cumplida, pero el destino no cuenta con que esta alma no busca venganza, sino que, por el contrario, lo único que desea encontrar es la felicidad de su propia asesina y amiga del alma.
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