El fantasma nocturno.


Como un alma en pena yo vagaba por las calles de mi ciudad, en la cual había vivido y crecido durante toda mi vida. Me gustaba caminar con la protección de la luz de la luna, esa luz me tranquilizaba y conseguía que se produjera en mí una sensación de paz que invadía todo mi cuerpo, busco la luna con la mirada para logar ver lo mismo de siempre, belleza, perfecta, pura y sublime belleza. Sentía como mis pies andaban solos, como si mi mente no tuviera la capacidad de ordenar a donde tenían que dirigirse, sino que, por el contrario sentía como mis pies ordenaban a mi mente su próximo destino. Pronto me encontré ante una hermosa playa, la mezcla del agua del mar y la brisa marina hacían de aquella playa uno de los lugares más hermosos y paradisíacos que, a mi parecer existían en el mundo, pero no todo era perfecto la soledad seguía estando presente, no había ni una sola alma en aquel paraíso eternal. Me siento en la arena húmeda, y sin quererlo, junto mis rodillas a mi pecho y comienzo a recopilar granos y granos de arena para más tarde crear lo que se convertirá en una pequeña montaña. Mientras, intento reflexionar el por qué mis pies me habían llevado a un lugar tan maravilloso como aquel. Aunque bien era cierto que aquel paisaje me evocaba algo o más bien a alguien. Me acosté en la arena con el objetivo de esperar a que algo sucediera, poco a poco noto la pesadez de mis ojos y me sumerjo en un profundo sueño, una playa, el sol, el sonido de las gaviotas, un calor insoportable, y el agua en mi caluroso cuerpo.
"María está rara ¿verdad?" 
"¿No lo sabes? Su novio la dejó y ..." 
"Pero ¿No estaba con ella desde hace 3 años? ..." 
"Si, pero aun así..."
Todos esos murmuros, todas esas voces comenzaban a marearme, pues todos ellos pensaban que no les estaba escuchando, desde hacía tiempo sentía que ellas más que mis amigas eran las chismosas del pueblo, desde hacía semanas se dedicaban a criticar lo que los demás decían o hacían, se reían de las desgracias ajenas como si fueran simples chistes y no lo soportaba. La única que realmente merecía la pena era mi mejor amiga, que me conocía como si fuera mi hermana y que siempre estaba a mi lado, ella y solo ella merecía la pena en este mundo y me partía el corazón pensar que iba a dejarla sola. Sola ante esas personas desagradables que se hacían llamar "amigas". No lo soportó más y rompo a llorar no soporto seguir aquí, lleno de gente que no me aprecia, gente que miente jugando con los sentimientos ajenos, en definitiva, gente que no vale la pena. Me sumerjo en el agua, noto el contraste del calor de mi cuerpo tostado por el sol y el frío del Océano Atlántico, poco a poco siento como voy quedándome sin aire, pero me niego a subir a la superficie, a aquella realidad que no estoy dispuesta a aceptar. Poco a poco dejo de respirar, pero no me agobio, al contrario, me siento relajada, me siento completa. Miro el sol a través del agua cristalina, la luz que transmite me proporciona paz, distingo la cara borrosa de mi amiga por encima del agua y noto como me coge de la cintura para sacarme del profundo sueño en el que me sumerjo, pero ya es demasiado tarde, cierro los ojos y un montón de buenos recuerdos y malos se mezclan en uno solo formando el ciclo de lo que había sido mi vida, y soy consciente de que, por una vez, me siento feliz.
Por fin abro los ojos, sonrío, me levanto, sacudo mi ropa y mi pelo, meto las manos en los bolsillos y vuelvo a sonreír, esta vez en dirección a la playa despidiéndome así del paraíso que me hizo sentir tan completa. Comienzo a caminar sin ningún objetivo, simplemente esperando a que el sol decida brindarnos con su presencia, y aunque yo sepa que desapareceré cuando eso ocurra, en el fondo de mi corazón no me importa, pues sé que en la noche del día siguiente volveré a nacer y experimentaré el día de mi muerte, un día de dolor y de pura y maravillosa felicidad.

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