Fuego

Logré atisbar la pasión que escondía su mirada, una mirada ardiente que aun añoraba. Soñaba todas las noches con la fusión que se producía entre su cuerpo y el mío, que lograban producir un calor intenso que rivalizaba con el propio infierno. Aun recuerdo como sus manos recorrían mi cuerpo desnudo y como me acogía entre sus brazos, en los que me sentía segura. Esos labios carnosos que se posaban en los míos con suma delicadeza y que hacían que mi cuerpo y mi mente se sintieran cada vez más atraídos hacia él. Sentía como sus labios resbalaban y se deslizaban lentamente de los míos hacia mi cuello con suma entrega, notaba el fuego en cada mirada suya, en cada palabra que lograba susurrarme al oído y con cada caricia que me proporcionaba. Su cuerpo y el mío totalmente fusionado encajaban como las piezas de un puzzle, que nunca debía ser destruido.
Me gustaba sentir la anatomía masculina que se encontraba en frente de mí, no era de esos hombres de revistas, de esos "hombres de papel". No. Era un hombre de verdad que me proporcionaba todo el placer que necesitaba. Su cuerpo desnudo a la luz de la luna que lograba colarse por la ventana potenciaba cada vez más mi deseo hacia él, y mis manos, recorriendo su pelo corto y moreno acababan enganchándose cual araña en su telar. Sus muslos firmes a causa del ejercicio se abrían paso a través de los míos. Me dejaba arrastrar por su cuerpo hacia la cama donde sabía que comenzaría el mayor de los goces de la noche. Y así fue, comenzaba a brotar en nuestro interior el placer ardiente que no nos dejaba respirar y que no queríamos abandonar, era en ese momento en el que yo sentía que poseía todo el conocimiento necesario de lo que albergaba su corazón y su mente, en ese preciso instante. Ese preciso instante en el que yo me sentía poderosa, en el que solo yo mandaba. Y cuando el sueño comenzaba a vencer a la pasión era entonces cuando nos conformábamos con el calor de nuestros cuerpos que nos protegían no solo del frío nocturno, sino también de los horrores que albergaba, en ocasiones, el sueño.
Recuerdo los encuentros furtivos a oscuras en mi habitación que se prolongaban hasta la cantinela del gallo, como su sonrisa al despertar me embriagaba de un sentimiento del que me había vuelto totalmente adicta. Como me envolvía de nuevo en sus brazos y como me procesaba su amor y pasión cuando sus labios comenzaban a fusionarse de nuevo con los míos, hasta quedarme sin aliento. Por un momento me sentía como Melibea, embrujada por los encantos que la Celestina había depositado acerca de Calisto, solo que la luna era nuestra Celestina, y por tanto, nunca acabaría en tragedia.
Pero la noche había terminado y sabíamos que había que separarse y el beso apasionado y las caricias que duraban minutos se transformaban, como si de hechicería y brujería se tratase, en segundos. Y pronto lo veía marcharse, alejarse, no sin antes recordarme que nos volveríamos a ver, con un susurro gozoso, en la penumbra de la noche a la luz de la luna que nos era tan favorable y que tanto nos saciaba. 

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