Manolita

- Era del bazar... del bazar de Julio... bueno, del bazar, no. De la tienda de al lado. Ha caído un obús...y... Julio está muerto. 
Esas palabras resonaron en mi cabeza varias veces antes de que pudiera siquiera entender lo que estaba pasando. Volví a la realidad cuando el bebé que sostenía en mis brazos comenzó a moverse. "Julio está muerto" "Julio está muerto" No dejaban de sonar en mi cabeza, escuchaba esa frase una y otra vez, fue entonces cuando sentí mis piernas temblar y tambalearse hasta que mis rodillas llegaron a rozar el suelo. "Julio está muerto" "Julio está muerto" "...un obús..." Abracé a mi niño y lo estreché contra mi pecho para eliminar cualquier espacio que pudiera separarnos, a él no me lo arrebatarían también, a él no. La guerra ya se había llevado a demasiadas almas, algunas de gran importancia para mi y aunque sabía que seguirían muriendo personas cercanas a mi, a mi hijo jamás me lo arrebatarían, antes tendrían que matarme a mi primero. La guerra me había arrebatado a personas importantes y en eso es en lo único en lo que podía pensar en ese instante, así que inconscientemente comencé a recordar pequeños fragmentos felices que aun la guerra no había conseguido arrebatarme. 
La primera vez que lo vi fue en el teatro, recuerdo que me encontraba en el escenario en el momento en el que él entró a ver la obra que nos encontrábamos representando. Nunca había hecho un papel protagonista y esa vez no era menos, el papel que representaba decía dos frases en toda la duración de la función, pero aun así sus palabras de felicitaciones cuando finalizó la obra fueron suficientes para hacerme sentir una artista, por primera vez en mi vida. Ese día vestía su uniforme de miliciano que encajaba en su cuerpo como si de dos piezas de un puzzle se tratara, haciendo que su figura se realzase y que sus ojos destacaran del resto de su rostro. Esa noche tras conocerlo y hablar un poco tras la función supe que él sería el hombre con el que estaría hasta el día en que me muriera.

Nos amamos tanto como era posible e incluso consideramos la idea de casarnos. Fueron sin duda los mejores momentos de mi vida, pero tuvo que marchar, no sin antes prometerme que volvería a por mi. Le odio por haber incumplido su promesa. Meses más tarde, con todo el dolor de mi corazón tuve que contarle a mi madre con lágrimas en mis ojos el romance con aquel miliciano y su desagradable destino en el campo de batalla que me había destrozado el corazón y había dejado sin padre al hijo que llevaba en mi vientre, que era lo único que me quedaba de él. El dolor que cargué en soledad en mi corazón se calmó cuando pude estrechar en brazos a mi pequeño, el fruto del amor de mi primer y más puro amor.
Las bombas seguían cayendo en nuestra ciudad española y mi hijo lloraba con cada ruido en la oscuridad del sótano, donde se encontraban todos los vecinos del edificio que al igual que mi familia se refugiaban y soñaban con el día en el que todo terminaría. Lo que no sabíamos era que, para algunos de nosotros quizás que terminara la guerra sería incluso peor que la muerte. Entre los vecinos se encontraba también Julio, un muchacho joven que había estado enamorado de mi desde antes de que la guerra comenzara y del que yo me había mofado en una ocasión o dos. No fue que comencé a ver su lado amable cuando me propuso matrimonio con el objetivo de hacer de padre de al criatura y traer un poco de dinero a casa para que pudiéramos vivir. Debo confesar que no me casé por amor, pero tampoco fue una razón del todo egoísta, al fin y al cabo tenía que alimentar a un niño. Nunca esperé enamorarme de mi marido, pero que creo que comenzaba a hacerlo. Nunca podría decírselo ahora y quizás me arrepentiría de ello toda la vida.
"Julio está muerto" "Julio está muerto"
No era posible estar triste o dolorida en ese momento, solo podía sentir la sangre hervir en ese instante, el enfado era mayor a cualquier sentimiento que pudiera llegar a sentir en ese momento. Mientras mi madre me abrazaba no solté ni una sola lágrima, no les mostraría a los asesinos de las personas a las que amaba que me habían hecho daño. Pasé todo el año llorando por las noches con la única compañía de mi soledad y mi pequeño bello y delgado durmiente, orando cada noche para que la guerra terminara y que se dejaran de cobrar almas inocentes nunca más.

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