Mi lugar de la Mancha

Y ahí estaba mi dulce y encantador caballero, justo en frente de mí se alzaba la más hermosa figura que yo podía admirar. Su cuerpo alto y musculoso, su galantería y su porte, me hacían enloquecer. Todo lo que en él habitaba hacía arder mi corazón, mi preciado caballero había ganado numerosas batallas en mi nombre en las que había arriesgado su vida, solo por complacerme a mí, a una vulgar campesina de algún lugar de la Mancha, que ya nadie logra recordar. Lo que sentía por él no tenía comparación con alguna otra cosa, pero quizás podría compararse con el placer que produciría alzar el vuelo en busca de la libertad, un sentimiento que él podría proporcionarme. Había oído millones de historias en las que mi caballero andante salía victorioso, en la que se había enfrentado con seres gigantes cuyo objetivo era arrasar una tierra entera y sepultarla bajo la tierra, tantas historias correteaban de boca en boca que habían llegado hasta mi corazón y se quedarían allí para siempre.
Lo vi acercarse con aire altanero hasta donde yo me encontraba, mi corazón latía cada vez con más fuerza, de tal modo que sentía como mis carnes se abrasaban en aquellas tierras castellanas. En su mirada solo era capaz de atisbar deseo y amor, un amor que me hacía sentir única e irrepetible, como si la única versión de mi estuviera ante sus ojos, pero era joven, y no era capaz de darme cuenta de algunas cosas. En aquel momento, lo entendí y todos los sentimientos que se encontraban floreciendo en mi interior se marchitaron como la flor más hermosa del jardín. «Dulcinea». Ese nombre calaría en mi interior y me haría sentir pequeña e insignificante, mi caballero entonces se transformaba en un señor consumido por la edad y la locura de leer y releer novelas de caballerías, su brillante armadura se convertía en unas piezas de cartón rotas y su hermoso caballo en un rocinante viejo y flaco que tenía la muerte esperándole al otro lado.
Abrí los ojos. El dolor se apoderaba de mi cuerpo, mi cuerpo maltratado por los hombres que se encontraban en mi pequeño pueblo. Un pueblo del que nunca saldría, nunca sería libre. Nunca. El dolor se acrecentó aún más al ser consciente de la realidad en la que había estado viviendo, no, viviendo no, soñando. La realidad en la que había estado soñando. El que yo consideraba mi caballero andante, nunca había sido más que un loco, un loco al que no había sido capaz de observar. Lo idealizaba al igual que él me idealizaba a mí, lloré, no podía hacer otra cosa, solo llorar. Dolor, eso era lo único que podía sentir, un vacío que no sabría si sería capaz de llenar algún día. 
Tras la muerte del hidalgo el dolor por su muerte se me hizo insoportable, no podía pensar, comer o realizar ninguna de las tareas que debía llevar a cabo durante el día. El hermoso cerezo que crecía en mi jardín se marchitaba a medida que pasaban los meses, los días, las horas, los minutos y los segundos, hasta que llegó a convertirse en una acumulación de ramas que ya no eran capaces de dar ni un solo atisbo de vida pues, aquella pobre Aldonza que residía en algún lugar de la Mancha, no era más que una idealización de un ente de ficción roto por dentro, del que nadie se acordaba. Un ente de ficción que al fin y al cabo, no existía, pero que también era capaz de sentir.  
Un alma o un ente condenada al sentimiento de dolor cada vez que alguien se adentrara en aquel lugar de la Mancha que en el final de sus días,  ya no quería acordarse. 

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