Mi viaje a Covarrubias: Lo mejor del viaje (Parte 2)

La bodega era parte de la antigua muralla del pueblo, y por tanto, como toda bodega era oscura, lúgubre  y húmeda, además de fría y escalofriante lo que, sin duda, me proporcionaba cierta curiosidad. El olor característico de las cuevas, olía como a tierra mojada y a humedad, olía a antiguo y en cierto modo lo era.  Cuando comenzabas a  bajar las primeras escaleras, parecía que te adentrabas en una mazmorra propia de la época medieval, donde ocurrían los mayores asesinatos, torturas y ejecuciones propias de la época. Poco a poco mientras descendías teniendo como único instrumento o arma una linterna, notabas cada recoveco escondido, cada posible vía de escape y en mi imaginación incluso encontraba los lugares en los que era propicio enterrar un cadáver.
Después de oír a Laura gritar un poco por las arañas que allí habitaban, nos dimos cuenta de que allí habitaban algo más que unas simples arañas. Allí, pegadas a las paredes húmedas de un color marrón rojizo habitaban unos seres bandos de cuerpos de unos diez centímetros aproximadamente y con una película pegajosa y pringosa, habitaban las babosas en su cueva, unas babosas que sin duda superaban en número los límites establecidos por el gobierno. Laura como no, salió corriendo a refugiarse en el hogar abandonándonos a nuestra suerte, lo que me hizo pensar que sin duda, su filosofía se basaba en sobrevivir sin importar quien se quedaba atrás. 
Después de unos días y de unas cuantas búsquedas del juego de pistas, decidimos que lo más favorable sería sacar de allí a esos seres y trasladarlos a un lugar en el que no superaran la población establecida y así, después de unos viajes conseguimos entre todos trasladar a las babosas de la bodega a un lugar húmedo cerca del río que atravesaba Covarrubias. Fue un acto de buena fe, que hizo que nos sintiéramos en sintonía con la naturaleza. 
Otro día recuerdo que fuimos a bañarnos al río, un río que por cierto estaba más o igual de frío que el océano Atlántico que solía frecuentar en mi querida isla. Otro día, la abuela de Laura nos pidió que la ayudáramos a realizar mermelada de cereza que quedo, por cierto exquisita. 
Y así transcurrían los días en aquel pueblo que a mi tanto me cautivaba, pero como todo, lo bueno siempre se acaba y esto no iba a ser menos. 
Ya habíamos hecho las maletas cuando nos enteramos de que la prima mayor de Laura no paraba de vomitar, lo que nos obligó a esperar a que se mejorara y al final fuera su novio quien nos llevó a Madrid. Durante todo el trayecto, nos dedicamos a escuchar canciones Disney, o de Mecano y cantarlas en alta voz, lo que nos convertía de nuevo en niños. 
Cuando llegamos a Madrid mi cuerpo comenzó a sentirse débil, probablemente me habían contagiado, pero no era momento para pensar en eso, puesto que al día siguiente nos iríamos a la Warner y no me lo perdería por nada del mundo, eso lo tenía claro. 

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