SARA

La historia que os voy a contar podría ir más allá del pensamiento o la lógica, pues una persona formalmente lógica o adulta de espíritu jamás llegará a comprenderla. Sara era una de las personas más fascinantes que haya conocido nunca, en cierta manera la envidiaba, tenía el cuerpo de lo que muchos podrían describir como una diosa griega, los ojos grandes y azules como el firmamento y brillantes cual estrellas. Su pelo dorado como el trigo, envidiado hasta por la misma diosa Afrodita hacían caer a sus pies a todo el que se cruzaba con ella. Sus brazos finos y de una elegancia que competían con la seda. ¿Y de espíritu?, de espíritu era encantadora. No le importaba caminar descalza sobre la hierba o mojarse cuando había lluvia, encontraba belleza en todas las cosas que existían en el universo y te convencía de ello. Siempre estaba contando historias sobre ciudades perdidas y princesas guerreras, ciudades llenas de fantasía, hadas, sirenas, hombres y mujeres que eran fuertes como piedras capaces de hacer las cosas más extraordinarias jamás imaginadas. Recuerdo una vez una historia especialmente curiosa, esta historia me envolvió por completo la primera vez que la escuche.
En una tierra lejana, una joven señorita de clase alta llamada Elena estaba destinada a casarse con el duque Carlos, un hombre muy rico y de múltiples virtudes. Ambos se conocían desde la infancia, sus padres eran muy buenos amigos y los hijos, por consiguiente, también debían serlo, pero a medida que fueron crecieron dejaron de verse, pues se consideraba que los prometidos a cierta edad no podían verse a solas. Elena era de estatura media, delgada, aunque no demasiado. Sus ojos, eran de un color dorado cuando el sol se posaba en ellos y verdosos cuando este se ocultaba, su pelo castaño claro en conjunto con el resto de su cuerpo hacía de la muchacha una de las chicas más bellas de aquellos parajes. Pero Elena no era del todo feliz y se sentía cada vez más sola, esa soledad la aplacaba gracias a la compañía de su perrita habladora y fiel, Misi. Misi era una perrita hermosa a la altura de su dueña, su pelaje blanco y su nariz sonrosada en conjunto con sus ojos de aspecto tristón, conseguían alegrar y endulzar la vida de la joven. Misi le daba muy buenos consejos a la muchacha y ella los escuchaba con detenimiento e ilusión. Pero, aunque Elena fuera la mujer con la que todo hombre soñaba con casarse, escondía un secreto, un secreto que de haber sido revelado a la persona equivocada la historia sería muy diferente. El sentimiento de falta de libertad que tendía a oprimirle el pecho a Elena era su secreto más oculto, lo que más ansiaba era el poder sentirse libre, poder vivir como ella quería sin tener que preocuparse por lo que la gente pensaba o dijera, viajar sola por el mundo sin necesidad de un acompañante, poder trabajar como hacía la gente de clase media y ganarse un salario, tener su propia casita en el campo en la que poder correr y volar, en definitiva, ser y sentirse libre. La muchacha soñaba con esa idea todos los días, pero no quería alejarse de las personas que tanto la querían: su madre, su padre, su tía viuda... Habiendo pasado un año, su tía llegó a contraer matrimonio con un hombre muy rico y su madre, su querida madre, a la que Elena quería con locura dejó este mundo debido a unas fiebres que azotaron ese mundo. Tras los hechos acontecidos, la idea de marcharse y vivir sola con su perrita Misi desapareció por completo ante la necesidad de tener que hacerse cargo ella sola de la depresión que padecía su padre. Su padre era un hombre bueno y rico en virtudes, de complexión fuerte y vigorosa. Le iba siempre bien en los negocios, pues siempre conseguía satisfacer a todo el mundo, pero tras la muerte de su esposa y madre de Elena, se marchitó de manera tal, que ya no era capaz de concentrarse en lo que debía. La pobre Elena también comenzaba a marchitarse, su constante felicidad se tornaba en tristeza y sus sueños, en imposibles. La boda con el duque y amigo de la infancia al que ya casi ni recordaba estaba cada vez más cerca y cuanto más se acercaba la fecha más se empalidecía, su padre que siempre fue un hombre bueno y muy listo llegó a comprender lo que le ocurría a su querida y dulce hija, a la que adoraba y contempló en la mirada perdida de su única hija que no solo había perdido a su esposa, sino que perdería aquello que le hacía ser tan feliz, aquello que llenaba su corazón roto, la felicidad que le proporcionaba su propia hija. Y así fue como una mañana el padre de la joven salió a la ciudad y compró unos pasajes para que su hija comenzara su viaje hacia la felicidad y al llegar a su casa se lo entregó como regalo de su cumpleaños. La hija comenzó a llorar, sus ojos hermosos como siempre lo habían sido, se volvieron aún más hermosos cuando empezaron a enrojecerse, Elena se negó en rotundo a separase de su querido padre, a cada negación que daba, peor se sentía. Su padre llegó a convencerla como siempre solía hacer cuando trabajaba y viendo en su hija la misma tozudez de su difunta esposa hizo un trato con su hija para asegurar la felicidad de ambos. El Padre volvió al trabajo y rompió el compromiso establecido con el duque Carlos y Elena comenzaba a sonreír a medida que pasaba el tiempo, se encargaba de cuidar el jardín con tanto detenimiento y cuidado que pronto fue el jardín más envidiado de todos. Al llegar a su habitación encontró una caja en su cama, la abrió con delicadeza para encontrarse el billete que había comprado su padre. Una semana más tarde Elena y Misi embarcaban rumbo a lo desconocido. A medida que el barco se alejaba de la costa Elena comenzaba a sentir lo que había esperado desde que era una niña, la libertad.
Sara no solía contar este tipo de historias, así que no pude evitar sorprenderme cuando Sara me la contó, al igual que no pude evitar pensar que quizá esa muchacha que ansiaba libertad podría tratarse de la misma Sara, quizá ella quisiera o sintiera la necesidad de tener libertad, de sentirse libre. Fue en ese momento cuando comprendí que mi hermana quizás no fuera feliz del todo y probablemente tenía razón, pues aquella misma tarde de aquel bonito día fue el último día que la vi, y por lo tanto la última historia que me llegó a contar.
Me sentía culpable, tenía que haberme dado cuenta antes de lo que ocurría, pues no fue hasta aquella misma tarde después de su partida cuando comprendí los profundos secretos que mi hermana ocultaba, hermana a la que yo tanto admiraba.

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