Urgencias

Mi pie no dolía tanto, era capaz de apoyarlo en el suelo y con eso me bastaba. No entendía el porqué todo el mundo veía la hinchazón de mi tobillo como algo peligroso y poco más que demoníaco.  No entendería la importancia hasta más tarde. 
Nunca había estado en Urgencias, siempre que había ido al médico por un esguince de tobillo o algún accidente en la mano siempre había acudido al médico privado proporcionado por el seguro del lugar en el que había estado estudiando, pero esta vez era diferente no tenia seguro porque me había accidentado haciendo el payaso, mi mayor especialidad. Aquello era solo una herida de guerra más que recordaría con el paso del tiempo. 
Me vi en la obligación de entrar sola a aquella sala llena de sangre y gente encamillada, bueno, si quisiéramos tratar de matizar aquello de "gente encamillada", podríamos hacerlo si especificamos que aquellas personas eran ya ancianas, que por alguna razón se sentían atraídas por el suelo y las escaleras.  Lo más parecido a todo aquello que había visto alguna vez, lo veía reflejado en la pantalla de mi televisión los lunes por la tarde con el título de "Turno de noche". Aquella sala en urgencias, tal como relataba una señora que al parecer poseía ya la tarjeta VIP de la urgencia proporcionada por la seguridad social, era siempre así. La misma cantidad de gente esperando, la misma cantidad de enfermeros corriendo de un lado a otro y la misma cantidad de gente en las camillas esperando a ser atendidos en los pasillos del hospital. Cuando escuchaba todo aquello, yo, por alguna razón, no dejaba de penar en "Turno de noche", en el que las urgencias no se parecían en nada con las que yo estaba viviendo y en las que la señora estaba relatando. La única escena que me venía a la mente en aquel momento y en el que podríamos llegar a notar una similitud con lo que yo estaba viendo en aquel momento, era cuando ocurría alguna catástrofe que obligaba a llenar el hospital de pacientes de aquella manera. Pero aquí no había ocurrido nada semejante. 
Oí mi nombre, así que me levante como pude y cojeando me dirigí hacia la enfermera que, poco más, clamaba mi nombre. Mientras caminaba detrás de la enfermera que me llevaba a mi destino, me fijaba en la arquitectura de aquel lugar, las paredes que se notaba que en un primer lugar, habían sido de un tono blanco reluciente, pero que con el tiempo, se habían transformado en un tono amarillento que confirmaba que el paso de los años también afectaba a aquel edificio. En el centro de la pared unos azulejos de color verde que junto con las luces que parpadeaban en algunos pasillos, y el color amarillento de estas, hacían de aquel lugar el escenario perfecto para la filmación de una película de terror. Pero la sala de radiografía no era menos. Los aparatos que se utilizaban en conjunto con el resto de la sala solo confirmaban la posibilidad de rodar en cualquiera de las salas, obteniendo así el mismo resultado. 
Después de aquello solo tocaba esperar. Yo y mucha más gente que se encontraba en situaciones diferentes a las mías, pero que supusieron una gran compañía durante la hora que estuve en espera. Había personajes de los más diversos, desde las señoras en camilla en los pasillos tumbadas boca arriba justo debajo de las luces que daban la sensación de estar viendo a una señora tomar el sol, en vez de un paciente, hasta una señora en silla de ruedas que había aterrizado con su nariz al caerse en la calle, lo que le había generado una nariz más torcida que la de Belén Esteban y una gran cantidad de sangre que manaba de ella. Aun así ella, me pareció ser el optimismo personificado, frente a la señora que se encontraba a mi izquierda que no dejaba de ser la personificación del pesimismo. Aun así hicimos buenas migas hasta que se fueron después de saber su diagnostico y el tratamiento al que debían enfrentarse. Así que volví a quedarme sola, hasta que llegó un muchacho joven que haría mi espera un poco más divertida. 
Se trataba de un muchacho bien dotado, jugador de fútbol, que en una de sus patadas había dejado de poder mover la pierna derecha. La madre de este, situada a su izquierda y por lo tanto a mi derecha, hacían de este un gran dúo cómico en el momento en el que intentando cambiarle los tenis al hijo, no podía dejar de repetir <Que no sale, hijo. ¡Que no sale!>.  Poco después me tocó recibir la cura que me mantendría en reposo durante más de una semana. Mientras aquella señora, que no poseía el don de la delicadeza, me ponía el vendaje. Pude ver como el médico se peleaba con una señora que se encontraba en una de las camillas, esta solo intentaba sacarle a la pobre señora si le dolía en el punto en el que ella se encontraba presionando, mientras la mujer no paraba de preguntarle <¿Estamos en abril verdad?> No pude evitar reírme, por suerte una cortina nos separaba a mi y al sombrerero loco, porque sino creo que me hubiera muerto de la vergüenza en aquel hospital a la 1:30 de la mañana. 
Mi aventura en aquel hospital de Urgencias finalizó cuando la enfermera me entregó a mi padre en silla de ruedas en la que solo podía ver el anuncio publicitario << Entréguenos a su hija coja y se la devolveremos en silla de ruedas>> Seguro que conseguían aumentar las ventas con todo aquello. 

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