Vivir

Paseaba siempre por la noche y por el día. Prácticamente todo lo que hacía era pasear, en parte porque le ayudaba a pensar. Pensaba en todo lo que hacía, si lo hacía correctamente, si, por el contrario, todo lo que hacía era erróneo, etc. 
Solía pensar en el motivo de su inmensa soledad y lo que le había llevado hasta allí, hasta ese momento de infinita frustración, porque en su caso la frustración era infinita, inevitable. Mientras caminaba observaba a los niños ir a la escuela aun con los ojos pegados de la falta de sueño por haber dormido menos de ocho horas, observaba también a las personas camino del trabajo, con sus caras de mal humor desde por  la mañana, observaba a los ancianos ir y venir por las calles paseando, aburridos si nada más que hacer que contemplar los árboles, el sonido de los pájaros o sentir el vaivén de la brisa marina que procedía del puerto de la isla, más tarde se sentaba en un banco de uno de los parques más concurridos para ver como una pareja de amantes se besaban con pasión bajo un árbol o como un grupo de adolescentes decidían no asistir a sus clases matinales con el objetivo de acortar aun más su misera y corta vida, se quedaba paseando en ese parque hasta que los adultos salían del trabajo para volver al colegio a recoger a sus hijos y los adolescentes y jóvenes salían de sus clases para dirigirse a casa a comer, para acto seguido seguir estudiando o en la mayoría de los casos para no hacer nada hasta que llegaba la noche.
Por la tarde, volvía a pasear y observaba como los niños, aun con energías disfrutaban en el parque jugando con los columpios o haciendo nuevos amigos, que no volverían a ver jamás. Observaba como los adultos volvían en ocasiones de vuelta al trabajo agotador queriendo descansar en su casa una vez más. Observaba como los ancianos volvían a su casa con el fin de ver la tele o iban al bar a reencontrarse con los amigos que aun vivían. Y volvía de nuevo al mismo parque donde esta vez abundaban las parejas de amantes que se mostraban afecto con gran pasión esta vez para comprometerse o simplemente para sentir algo más fuerte. 
Y llegaba la noche, y la cuidad se llenaba de vida, luz y color. Se llenaba de jóvenes que después de unas copas solían perder su dignidad y decoro, y de jóvenes que no lo perdían. La noche se llenaba de fiesta y de música. La música abundaba por todos lados, no solo dentro de las discotecas, sino también en la propia calle y él solo hacía más que pasear y pensar. A mitad de la noche muchos de ellos regresaban a su casa para descansar antes de volver a clase al día siguiente, otros, en cambio tomaban la decisión de quedarse un rato más que solía convertirse en un hasta el día siguiente y por tanto faltaban a clase. 
 Todos los años era lo mismo, cambiaba dependiendo del mes en el que paseara, pues podía encontrarse con alguna comunión o alguna orla, pero el resto de los días era exactamente igual y él veía exactamente los mismo. Los mismos actos, pero a medida que pasaban los años las cosas si que cambiaban ligeramente, los que eran antes niños, ahora eran adolescentes que se saltaban las clases y acortaban su tiempo de vida, los jóvenes ahora eran adultos y muchos de ellos padres de esos niños nuevos que asistían al colegio con los ojos pegados por no haber dormido. Los adultos eran ahora abuelos que desearían tener algo que hacer y alguien a quien visitar y los ancianos, los adorables ancianos que el observaba en un principio no eran más que polvo ahora. Y es que todo iba cambiando a medida que el paseaba y pensaba, todo cambiaba, todo menos él claro. 
Ya que el tiempo, pasea y piensa mientras todo va pasando a su alrededor, el tiempo es el único que puede escapar de si mismo y de su amiga la muerte, porque él es el único que no está sometido al cambio, pero siempre la tenemos cogida de nuestra mano guiándonos hasta que conocemos a su querida amiga la muerte. Por ello, hay que respetarla y vivir aprovechando cada minuto de cada porque para el tiempo, cada minuto, cuenta.

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